La ternura también se enseña
- Diego Martinez
- 19 may 2023
- 5 Min. de lectura
Actualizado: hace 3 horas

Versión revisada y ampliada, marzo 2026
En una época que premia la rapidez, la competencia y la eficiencia, educar para la ternura puede parecer ingenuo. Yo creo lo contrario: puede ser una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.
Un dinosaurio amable
Una mañana, mientras desayunábamos, mi hijo empezó a jugar al dinosaure méchant, al dinosaurio malo. Le pregunté por qué era malo, y me respondió con la lógica impecable de los niños: porque los dinosaurios malos eran fuertes.
Entonces le dije algo que salió casi sin pensarlo: que los dinosaurios amables eran todavía más fuertes, porque ser amable era más difícil que ser malo. Después vinieron varios "¿por qué, papá?", como siempre. Intenté explicarle que pegar, imponerse, burlarse o asustar a otros puede ser fácil. Lo difícil es contenerse, cuidar, comprender, compartir, no humillar cuando uno podría hacerlo. Al final, pareció entenderlo. Siguió haciendo los mismos ruidos, con la misma intensidad, pero ya no era un dinosaurio malo. Era un dinosaurio gentil.
La escena fue breve, casi ridícula en su sencillez. Pero me dejó pensando. Si ser amable, empático o tierno exige más fuerza que dejarse llevar por el egoísmo, entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿quién nos enseña eso?
Buscamos profesores para aprender matemáticas, entrenadores para desarrollar el cuerpo, especialistas para mejorar una técnica. Pero ¿quién forma nuestro carácter? ¿Quién nos entrena en la bondad, en la paciencia, en la escucha, en la capacidad de no aplastar al otro cuando podríamos hacerlo? ¿Quién nos enseña que la verdadera fuerza no siempre hace ruido?
No tengo una respuesta total, pero sí una intuición cada vez más fuerte: la ternura no es un adorno moral. Es una competencia humana profunda. Y, como toda competencia profunda, necesita ser cultivada.
¿Somos egoístas o generosos por naturaleza?
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Durante mucho tiempo, la filosofía y la ciencia han discutido si el ser humano es egoísta o generoso por naturaleza. Hobbes veía al ser humano dominado por el interés propio. Nietzsche describió la voluntad de poder como una fuerza central de la vida. Otros, como Martin Buber, mostraron que la persona solo se realiza verdaderamente en relación con los demás. También existen estudios sobre conducta prosocial en primates y en niños pequeños que sugieren que la cooperación, el cuidado y ciertas formas de altruismo no son simples artificios culturales, sino disposiciones bastante profundas de nuestra especie.
Tal vez la pregunta no sea si somos buenos o malos por naturaleza, como si tuviéramos que elegir una esencia definitiva. Tal vez la verdadera pregunta sea otra: ¿qué tipo de mundo fortalece en nosotros lo mejor, y qué tipo de mundo fortalece lo peor?
Y ahí entramos en un problema mayor.
El mundo que nos empuja hacia el individualismo
Vivimos en una época que empuja con fuerza hacia el individualismo. Las redes sociales nos encierran en burbujas de afinidad. La lógica del rendimiento penetra todo: hay que destacar, avanzar, diferenciarse, producir, optimizarse. El otro aparece fácilmente como competidor, amenaza, obstáculo o simple espectador. Incluso cuando hablamos de desarrollo personal, muchas veces lo hacemos desde una lógica de acumulación: más habilidades, más resultados, más impacto, más visibilidad.
La escuela, en demasiados casos, no corrige esta tendencia: la entrena.
Desde pequeños, muchos aprenden que lo importante es su nota, su desempeño, su lugar, su trayectoria. Si al final del trimestre tú tuviste éxito, poco importa que veinte compañeros hayan quedado atrás. La solidaridad se vuelve decorativa; la competencia, estructural. Decimos que queremos formar ciudadanos, pero organizamos gran parte de la experiencia escolar como una carrera. Luego nos sorprendemos de que los adultos vivan de la misma manera.
Aquí la pregunta deja de ser abstracta. Ya no se trata solo de filosofía moral. Se trata de educación.
Una ternura fuerte
¿Qué ocurriría si tomáramos en serio la idea de que la ternura también se enseña? No hablo de una ternura blanda, ingenua, incapaz de poner límites. Hablo de una fuerza humana capaz de reconocer al otro como otro, de contener la violencia, de sostener la vulnerabilidad sin despreciarla, de ejercer autoridad sin humillar, de acompañar sin anular.
En otras palabras: hablo de una ternura fuerte.
En la escuela, esto cambiaría muchas cosas. Cambiaría nuestra manera de corregir. Cambiaría la forma en que hablamos a un alumno que fracasa. Cambiaría el lugar que damos a la cooperación, al cuidado del grupo, al error, a la fragilidad. Cambiaría también la formación de los adultos, porque no se puede enseñar humanidad desde la pura desregulación, el cansancio o la dureza acumulada.
La ternura en la era de la inteligencia artificial
Y hoy, en plena era de la inteligencia artificial, este tema se vuelve todavía más decisivo.
Durante años, la escuela se organizó alrededor de la transmisión de información y de ciertas habilidades técnicas relativamente estables. Pero el mundo cambió. Hoy una máquina puede redactar, resumir, traducir, resolver problemas, producir imágenes, asistir decisiones y automatizar tareas que antes requerían tiempo y experticia humana. Eso seguirá acelerándose.
Frente a eso, hay dos reacciones torpes. La primera es negar el cambio. La segunda es entregarse a él con fascinación infantil. Ninguna de las dos basta.
Si muchas capacidades técnicas serán asistidas, transformadas o directamente reemplazadas por sistemas inteligentes, entonces el valor de lo humano no disminuye: aumenta. Y entre esas capacidades humanas, la ternura ocupa un lugar mucho más serio de lo que solemos creer. Porque una sociedad puede llenarse de herramientas poderosas y seguir siendo brutal. Puede volverse más eficiente y al mismo tiempo más sola, más fría, más incapaz de cuidar.
En ese contexto, educar para la ternura no es un lujo sentimental. Es una cuestión de supervivencia cultural.
Necesitaremos personas capaces de cooperar, de discernir, de poner límites éticos, de acompañar el dolor, de escuchar sin reducir al otro a una función. Necesitaremos adultos que no confundan inteligencia con dominación, ni poder con dureza. Necesitaremos escuelas que no solo enseñen a usar herramientas, sino a no deshumanizarse mientras las usan.
La ternura como resistencia
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La ternura, entendida así, no es debilidad. Es resistencia.
Es nadar contra la corriente en una época que empuja hacia la aceleración, la exposición, la reacción inmediata y la lógica del "sálvate solo". Es elegir no burlarse cuando sería fácil hacerlo. Es decidir no endurecerse por completo. Es seguir viendo personas donde el sistema tiende a ver rendimiento, utilidad o problema.
Por eso sigo pensando en esa escena mínima con mi hijo. Quizás educar consiste, en parte, en eso: en intervenir dentro de los pequeños juegos del mundo para cambiar el tipo de fuerza que admiramos. En enseñar, una y otra vez, que no todo poder merece ser admirado. Que hay una grandeza más discreta. Que contenerse también es fuerza. Que cuidar también es fuerza. Que ser justo también es fuerza. Que ser amable, cuando todo empuja a lo contrario, puede ser una forma alta de valentía.
No sé si una revolución de la ternura resolvería todos nuestros problemas. Seguramente no. Pero sí sé que sin ella, muchos de nuestros avances serán vacíos. Podemos seguir modernizando herramientas, reformando discursos y acelerando procesos. Pero si no aprendemos a formar seres humanos capaces de ternura, corremos el riesgo de volvernos técnicamente impresionantes y moralmente miserables.
Tal vez todavía estamos a tiempo de enseñar otra forma de fuerza.
Tal vez todavía estamos a tiempo de formar dinosaurios amables.





Pues si, cuesta ser un dinosaurio amable, es algo en lo que debemos trabajar, para algunos se le hace más fácil que para otros.
Es una bonita reflexión ☺️