El poder de nuestras palabras
- Diego Martinez
- 13 may 2021
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 10 jun 2025

Si no tienes nada más hermoso que decir que el silencio mismo, entonces mejor guarda silencio.
Proverbio Árabe
«El lenguaje crea realidades» me dijo una vez un profesor de lenguaje cuando yo era adolescente, me recuerdo muy bien que esta frase me impactó, porque me hizo pensar que mis palabras eran poderosas, que podían crear y transformar. No fue la última vez que la escuché (de hecho, terminé dándome cuenta de que la frase era todo menos “novedosa” y que estaba por todos lados) hasta que, a un momento dado, terminé siendo yo quien comenzó a usarla con mis alumnos, para decirles que deben comprender que, a través de sus palabras, pueden transformar la vida de alguien y que, por lo tanto, debíamos cuidar lo que decimos. Así, sin darme cuenta, como si fuera una profecía, esta frase había “creado una realidad” en mí (tanto es así que estoy escribiendo sobre ella en este momento).
Que nuestras palabras tienen la capacidad de moldear la realidad de otros, podemos verlo en lo que en psicología llama “efecto placebo”. Para comprender qué es el efecto placebo, veamos el siguiente ejemplo:
Una persona de 71 años, postrada en una silla de ruedas, sufre de fuertes dolores de espalda. Durante largo tiempo, toma morfina para poder aliviar el dolor, sin lograr grandes efectos. Sin embargo, un día unos médicos le recomiendan tomar un nuevo medicamento, que realmente aliviara su dolor de espalda. Luego de aceptar y de comenzar a tomarlo, el hombre se levanta la mañana siguiente y, no solo ya no siente el dolor, sino que además ¡siente que su espalda es más fuerte! Tan feliz estaba con el resultado, que decidió tirar las pastillas de morfina a la basura, para seguir tomando las nuevas. Sin embargo, lo que el septuagenario no sabía, es que, al interior de las pastillas, solo había arroz molido. Si, leíste bien. En el “medicamento”, no había ningún principio activo, solo había polvo de arroz, nada de analgésicos ni antinflamatorios, pero, aun así, la pastilla había sido más efectiva que la morfina.
Por increíble que parezca, esta historia es real y hace parte de un experimento realizado por la BBC a más de 100 personas del Reino Unido. Experimentos como estos abundan y el efecto placebo es reconocido por la comunidad científica e incluso utilizado como herramienta de investigación, pero ¿Qué es lo que le sucedió a este hombre? Bueno, antes de tomar los medicamentos rellenos con harina de arroz, los participantes tuvieron una larga conversación con su médico de cabecera, quien les aseguró que el medicamento seria efectivo. Es decir que fueron las palabras del médico las que convencieron al paciente, a tal punto, que el paciente terminó por aliviarse. Las palabras del médico impulsaron un cambio real en el cuerpo del paciente. Esto último es importante, los efectos en el hombre no fueron falsos, eran reales y tangibles, solo que su “medicamento”, fue impulsado por las palabras del médico.
Otro ejemplo de este poder de las palabras, son los llamados “efectos Golem y Pigmalión”. Estos fenómenos psicológicos están, desafortunadamente, muy presentes en nuestro sistema educativo (y, a veces, en nuestras familias).
En 1968, el profesor de Harvard Robert Rosenthal y la directora de escuela, Leonore Jacobson, publicaron un artículo que mostraba el resultado de un experimento que habían llevado a cabo. Al interior de un establecimiento escolar, habían anunciado a unos profesores que harían clases a un grupo de alumnos “excelentes”, se les explicó a los profesores que estos alumnos tenían un potencial prometedor (es decir, que iba a ser un placer hacer clases con ellos) ¿El resultado? Al final del año los alumnos habían aumentado considerablemente el resultado de sus pruebas de coeficiente intelectual y el resultado era aún más potente si los alumnos eran pequeños. En otras palabras, los jóvenes se habían vuelto más “inteligentes” solo por la influencia de lo que el profesor pensaba de ellos. A este efecto, le llamaron “efecto Pigmalión”. En 1977, el psicólogo Babad Elisha, realizó el mismo experimento, pero, esta vez, dijo a los profesores que los alumnos eran difíciles y que su desempeño escolar sería malo ¿El resultado? A final de año los alumnos bajaron sus resultados y habían desarrollado problemas de conducta. A este efecto, le llamaron “efecto Golem”.
El efecto Pigmalión y Golem, muestran no solo como las “expectativas” que tenemos de alguien impactan a esa misma persona (y que impactan mucho más si es un niño o joven), sino que también como nuestras palabras pueden hacerlo. Seguramente, los profesores de los experimentos decían, al primer grupo de alumnos, cosas como “lo lograrás” o “¡que inteligente eres!”, impulsando en ellos un cambio positivo. Los otros, en cambio, deben haber repetido durante todo el año frases como “¿Otra vez el mismo resultado?” o “¡No eres capaz de nada bueno!”, creando en ellos un efecto negativo que impactó sus resultados. Lamentablemente, esta realidad se repite en nuestras vidas cotidianas, quizás cuántos de nosotros fuimos víctimas de las palabras hirientes de otros.
Recomendado: Excelente charla del difunto, Sir Ken Robinson, quien defendió lo que él llamaba "la revolución en la escuela". Una educación más alegre y respetuosa para nuestros alumnos.
Hasta aquí, hemos visto entonces que nuestras palabras tienen la capacidad de aliviar el dolor de alguien, de hacerlo sentir (y ser) más inteligente o, lamentablemente, de hacerlo sentir más tonto o incapaz. Experimentos como estos abundan, sin embargo, no hay prueba más fiable que nuestra propia experiencia ¿Cuántas veces unas palabras han llegado a iluminar nuestro día (o nuestra vida)? Y también ¿Cuántas veces palabras han herido lo profundo de nuestro ser, dejando huella para siempre? Nuestras palabras tienen el poder de cambiar, de crear y de destruir. Debemos entonces tomar en serio este súper poder que está en nosotros, nadie es tan pobre que no pueda dar una palabra de aliento, una palabra de paz o de amor.
Quizás, la próxima vez que vayas a hablar a alguien de algo importante, puedas seguir estos simples pasos:
1. ¿Es necesario?
Piensa si lo que vas a decir es necesario o si, por el contrario, lo mejor es el silencio.
2. Destruir no, contruir
Si crees que, si es necesario, piensa cómo hacer que la persona no se sienta mal o atacada con tus palabras. Busca, a toda costa, ayudar “construir” algo en ella, no a destruir
3. Pedir perdon para reparar
Si ya has dañado con tus palabras, nunca es tarde para remediar lo que has hecho. Tienes el poder de sanar, no lo olvides. Nunca, pero nunca, es tarde para decir “perdón” y reparar. No importa si han pasado horas, días o, incluso, años.
Usemos bien el poder que está en nosotros, por nuestro bien y el de los otros.




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